En mi buena infancia fui de un tiempo mágico.
De días en los que se esperaba con ansias a Tiro Loco y el Oso Yogui.
Y cuando llegaba la Semana Santa, y decías un garabato, tu abuela pechoña y matriarcal te obligaba a decir "agáchate Semana Santa", dos aves marías y su tirá de mecha, al nivel de la patilla. Dolía eso.
Soy de un tiempo en el que la niña que te gustaba no podía saberlo por nada del mundo, y si se filtraba (este término existía pero no se usaba como se usa hoy), salías negarlo con todo tu orgullo. Al pillarse, las escondidas, la cuerda, los soldaditos de plomo para la Pascua y una pelota cada Navidad.
En mi adolescencia valoraba como lo que más una revista porno.
Soy de un tiempo en el que la pichanga jamás acabó, en el que el amigo que aparecía con una revista porno era un idolazo. ¿Cómo la consigue? ¿Dónde la venden? El "Lato" las sacaba y mostraba en los entretiempos de los partidos del CD Subercaseaux. Había uno de bigotitos, moreno, algo crespo, no muy fachoso, pero con el pene más grande que había visto en mi vida.
Soy de un tiempo en el que la kermesse del colegio de monjas o de nuestro colegio de curas era EL evento del año. De aparecer con jeans comprados por mi madre en Franklin, evolucioné hasta unos Parada 111 que yo mismo, auspiciado por el montepío de mi abuela, fui a comprar al Unicentro (quebaba en Huérfanos, donde hoy hay oficinas de un gran banco). Después la cosa mejoró y nadie me sacaba mis Levis. Etiqueta naranja primero y luego roja, gracias a Dios, hasta el día de hoy.
En mi época de universitario creí que podía ser el Che chileno
Claor, pues, porque soy de un tiempo en el que la Prueba de Aptitud Académica se preparaba desde 2ª medio, compitiendo con ese hacer facsímiles con los más mateos. Término excluido, hipotenusas, ambas juntas, la B por sí sola...
Soy de un tiempo en el que mis jeans Levis comenzaron a convivir con pantalones amasados. Había amarillos, rosados, celestes y verde limón. Había más colores pero esos me gustaban a mí.
¿Quién es ese tal Che? Me lo explicaron en Concepción, donde llegué a estudiar Medicina con más dudas que años. Tenía 17. Entendí rápido y al poco tiempo me fui cubriendo el rostro con pañuelos para marchar, tirar piedras y aprender que un buen cadenazo dejaba a toda la U de Conce a oscuras y buena parte de la Plaza Perú y sus alrededores. Claro, de algún modo fui un encapuchado aunque sólo usaba pañoleta bicolor. Y si no me tapaba la carita había gente mala onda. De esa del tipo que siempre mirando, que te podía acusar y luego te sacaban la cresta o, en el peor de los casos, no aparecías más. Era justo y necesario ser encapuchado, entonces.
Hoy, en mi época como profesional, me he dedicado a echar de menos la magia de mi infancia, el candor de mi adolescencia y la desfachatez de mi tiempo universitario.
Hoy me asustan los niños que saben más computación que yo -y son miles si no decenas de miles- y los adolescentes que no bajan a comer cuando sus padres les dicen que está servido (nunca tuve las pelotas para desafiar ese llamado de mi abuela).
Hoy me emocionan los estudiantes que marchan como yo marché pero no entiendo a los que cubren su rostro (ya no están esos de terno y gafas que delataban, torturaban y asesinaban a jóvenes marchantes).
Hoy tengo 45 años, tres hijos que amo como a nada y como a nadie, y descubro que soy de un tiempo que definitivamente fue otro tiempo. Tengo olor a historia, lo acepto, pero en un guiño casi mágico me sorprendo, muy de vez en cuando, viendo autitos de juguete en alguna vitrina de por ahí. Y saben, hace poco me compré uno. Total, para eso me saco la cresta todos los días.