Poco queda de aquel amable ciclista Perico (Nissin Sharim) que era conminado a comprarse un auto por la encantadora pero pragmática Ismenia (Delfina Guzmán)... Suponiendo que Perico le hizo caso a la dama y se transformó en automovilista, es muy probable que hoy forme parte de ese ejército sin uniforme compuesto por miles de energúmenos, impacientes, irascibles, idiotas e insoportables conductores que bocinean, adelantan por la derecha, se cambian de carril sin avisar y encienden las luces detrás de nosotros sin importarles el máximo de velocidad permitida. También los hay del tipo que se exaspera porque uno se detiene en un paso de peatones, que le echa encima el 4x4 a los motociclistas o aquellos que parecieran gozar cuando dejan estilando a los transeúntes que esperan una micro que rara vez pasa mientras se raja lloviendo.
Sí, amigos, parte de lo peor de lo nuestro brota como veta inagotable cuando nos ponemos detrás del volante y salimos a enfrentarnos a los demás.
Vengo de esa tribu, de ese regimiento. Por eso lo sé. Con 25 años (hoy tengo 20 más) le saqué troté a mi Subaru Coupe Loyale detrás de un micrero. Mi madre Alicia iba a mi lado. No recuerdo la ofensa del chofer del transporte público, pero sí que lo perseguí unos 30 paraderos en la Gran Avenida, en vez de retirarme tranquilo en el 7, que es donde está el Llano Subercaseaux, el lugar donde nací y vivo hasta hoy. Tenía que echarle la espantada. Cuando lo pillé, lo encaré y le dije que se bajara. Justo en ese momento vi que su mano, apoyada en la palanca de cambio de la Santiago-San Bernardo, era fácil la mitad de mi cuerpo. Era un monstruo. El Hulk de los pobres. Resumiendo: arranqué como una rata y los 30 paraderos de regreso debí soportar las burlas de mamá. Ridículo. Ridículo pero ileso. Ridículo, pero redimido. Nunca más. Y nunca más. Hoy ando tranquilo, jamás toco la bocina salvo emergencia mayor, no presiono con cambios de luces ni bravuconeo a nadie. A los señores del Transantiago casi que los saludo como si se tratase de un querido tío del sur.
¿Dónde está ese Hulk criollo de dos metros y algo más? Lo necesitamos, hay miles de idiotas que merecen una paliza (o un susto al menos...).