viernes, 30 de septiembre de 2011

Una vida entre Tiro Loco, los Levis y las marchas

En mi buena infancia fui de un tiempo mágico.

De días en los que se esperaba con ansias a Tiro Loco y el Oso Yogui.
Y cuando llegaba la Semana Santa, y decías un garabato, tu abuela pechoña y matriarcal te obligaba a decir "agáchate Semana Santa", dos aves marías y su tirá de mecha, al nivel de la patilla. Dolía eso.

Soy de un tiempo en el que la niña que te gustaba no podía saberlo por nada del mundo, y si se filtraba (este término existía pero no se usaba como se usa hoy), salías negarlo con todo tu orgullo. Al pillarse, las escondidas, la cuerda, los soldaditos de plomo para la Pascua y una pelota cada Navidad.

En mi adolescencia valoraba como lo que más una revista porno.

Soy de un tiempo en el que la pichanga jamás acabó, en el que el amigo que aparecía con una revista porno era un idolazo. ¿Cómo la consigue? ¿Dónde la venden? El "Lato" las sacaba y mostraba en los entretiempos de los partidos del CD Subercaseaux. Había uno de bigotitos, moreno, algo crespo, no muy fachoso, pero con el pene más grande que había visto en mi vida.

Soy de un tiempo en el que la kermesse del colegio de monjas o de nuestro colegio de curas era EL evento del año. De aparecer con jeans comprados por mi madre en Franklin, evolucioné hasta unos Parada 111 que yo mismo, auspiciado por el montepío de mi abuela, fui a comprar al Unicentro (quebaba en Huérfanos, donde hoy hay oficinas de un gran banco). Después la cosa mejoró y nadie me sacaba mis Levis. Etiqueta naranja primero y luego roja, gracias a Dios, hasta el día de hoy.

En mi época de universitario creí que podía ser el Che chileno

Claor, pues, porque soy de un tiempo en el que la Prueba de Aptitud Académica se preparaba desde 2ª medio, compitiendo con ese hacer facsímiles con los más mateos. Término excluido, hipotenusas, ambas juntas, la B por sí sola...
Soy de un tiempo en el que mis jeans Levis comenzaron a convivir con pantalones amasados. Había amarillos, rosados, celestes y verde limón. Había más colores pero esos me gustaban a mí.

¿Quién es ese tal Che? Me lo explicaron en Concepción, donde llegué a estudiar Medicina con más dudas que años. Tenía 17. Entendí rápido y al poco tiempo me fui cubriendo el rostro con pañuelos para marchar, tirar piedras y aprender que un buen cadenazo dejaba a toda la U de Conce a oscuras y buena parte de la Plaza Perú y sus alrededores. Claro, de algún modo fui un encapuchado aunque sólo usaba pañoleta bicolor. Y si no me tapaba la carita había gente mala onda. De esa del tipo que siempre mirando, que te podía acusar y luego te sacaban la cresta o, en el peor de los casos, no aparecías más. Era justo y necesario ser encapuchado, entonces.

Hoy, en mi época como profesional, me he dedicado a echar de menos la magia de mi infancia, el candor de mi adolescencia y la desfachatez de mi tiempo universitario.

Hoy me asustan los niños que saben más computación que yo -y son miles si no decenas de miles- y los adolescentes que no bajan a comer cuando sus padres les dicen que está servido (nunca tuve las pelotas para desafiar ese llamado de mi abuela).

Hoy me emocionan los estudiantes que marchan como yo marché pero no entiendo a los que cubren su rostro (ya no están esos de terno y gafas que delataban, torturaban y asesinaban a jóvenes marchantes).

Hoy tengo 45 años, tres hijos que amo como a nada y como a nadie, y descubro que soy de un tiempo que definitivamente fue otro tiempo. Tengo olor a historia, lo acepto, pero en un guiño casi mágico me sorprendo, muy de vez en cuando, viendo autitos de juguete en alguna vitrina de por ahí. Y saben, hace poco me compré uno. Total, para eso me saco la cresta todos los días.

lunes, 22 de agosto de 2011

Hulk, los histéricos y un choro arrepentido

Poco queda de aquel amable ciclista Perico (Nissin Sharim) que era conminado a comprarse un auto por la encantadora pero pragmática Ismenia (Delfina Guzmán)... Suponiendo que Perico le hizo caso a la dama y se transformó en automovilista, es muy probable que hoy forme parte de ese ejército sin uniforme compuesto por miles de energúmenos, impacientes, irascibles, idiotas e insoportables conductores que bocinean, adelantan por la derecha, se cambian de carril sin avisar y encienden las luces detrás de nosotros sin importarles el máximo de velocidad permitida. También los hay del tipo que se exaspera porque uno se detiene en un paso de peatones, que le echa encima el 4x4 a los motociclistas o aquellos que parecieran gozar cuando dejan estilando a los transeúntes que esperan una micro que rara vez pasa mientras se raja lloviendo.
Sí, amigos, parte de lo peor de lo nuestro brota como veta inagotable cuando nos ponemos detrás del volante y salimos a enfrentarnos a los demás.
Vengo de esa tribu, de ese regimiento. Por eso lo sé. Con 25 años (hoy tengo 20 más) le saqué troté a mi Subaru Coupe Loyale detrás de un micrero. Mi madre Alicia iba a mi lado. No recuerdo la ofensa del chofer del transporte público, pero sí que lo perseguí unos 30 paraderos en la Gran Avenida, en vez de retirarme tranquilo en el 7, que es donde está el Llano Subercaseaux, el lugar donde nací y vivo hasta hoy. Tenía que echarle la espantada. Cuando lo pillé, lo encaré y le dije que se bajara. Justo en ese momento vi que su mano, apoyada en la palanca de cambio de la Santiago-San Bernardo, era fácil la mitad de mi cuerpo. Era un monstruo. El Hulk de los pobres. Resumiendo: arranqué como una rata y los 30 paraderos de regreso debí soportar las burlas de mamá. Ridículo. Ridículo pero ileso. Ridículo, pero redimido. Nunca más. Y nunca más. Hoy ando tranquilo, jamás toco la bocina salvo emergencia mayor, no presiono con cambios de luces ni bravuconeo a nadie. A los señores del Transantiago casi que los saludo como si se tratase de un querido tío del sur.
¿Dónde está ese Hulk criollo de dos metros y algo más? Lo necesitamos, hay miles de idiotas que merecen una paliza (o un susto al menos...).